Oma es azul
Existe un lugar en el que
todos valen uno.
Oma es azul. No de color azul realmente, lo digo así
porque si la ves, dirás que tiene un color diferente a las demás. Caminaba de
la mano de su madre recorriendo una banqueta que parecía no terminar, en donde al
final, un lugar lleno de colores sobre un lienzo de hojas verdes provenientes
de un pequeño bosquecito de árboles de mango las esperaba con las puertas
abiertas. Aquella tarde se celebraba el cumpleaños número seis de Eugenia, la
niña que aparecía en la invitación que con muchos meses de anticipación llegó.
Desde entonces, todos los invitados se preparaban para el gran día, en especial
Oma. Era la primera fiesta de cumpleaños a la que había sido invitada y,
naturalmente, su madre no permitiría que fuera vestida con cualquier cosa. Le
diseñaron un vestidito café claro que le quedaba justo a la medida, parecía una
muñeca, de esas de tamaño real, con sus dos coletas que apenas descansaban en
donde comenzaban los hombros. Era muy pequeña para usar maquillaje, sin
embargo, un intenso rosado daba color a sus mejillas, como si atraparan el sol
que iluminaba su rostro y lo transformaran en piel. Oma casi no decía nada,
permanecía callada la mayor parte del tiempo. No estaba triste, sino muy alegre
por acudir a la fiesta de la que tanto le había platicado su madre. Juegos,
dulces, piñatas, chocolates y demás cosas que fascinan a un niño. Ya se
escuchaban las risas y las voces de los pequeños jugando en libertad, cuando
Oma señaló algo que parecía no haber visto antes, un inflable gigante en forma
de barco de papel, del que brotaban sogas para escalar sus paredes de donde
nacían chorros de agua, que llegaban hasta una alberca del mismo material,
llena de niños chapoteando sin detenerse.
—Pero ¿Quién es esta pequeña tan bonita? —preguntó
una señora de vestido de flores.
—¡Saluda! Dile como te llamas.
—¿Cómo te llamas mi amor? — insistió
—Oma — murmuró la pequeña.
— ¡Bienvenidas! Pasen por favor, instálense en la mesa
que más les guste. — dijo, después de saludarse de beso.
Había espacio para sentarse en una de las mesas que se
encontraban al final del piso de concreto, junto a la columna, debajo de la
sombra proyectada por el enorme mango. Quedaban dos sillas perfectamente
envueltas en tela blanca sujetada por un moño color cereza, iluminadas
intensamente por los rayos del sol que se fugaban por un vacío de lo que
pareció ser, en otro tiempo, una gran rama. Estaban algo calientes, pero no les
quedó de otra más que sentarse. No pasó más de un minuto cuando Oma se levantó
como si nada para ir al área de juegos, inspeccionando todo en cada paso que la
acercaba más a un espacio donde no había mamás. Se le notaba temerosa, dando pasitos
lentos mientras giraba la cabeza en todos los sentidos buscando algo que le
advirtiera incomodidad o peligro. Bajando la escalinata, se extendía un campo
cubierto con finas hierbas verdes, rodeado de grandes árboles que parecían
delimitar el centro del lugar, donde los niños, trepaban, brincaban y se
correteaban entre los juegos. El verde que cubría el suelo era un paño lleno de
trazos de colores en movimiento. Todo parecía traído de otro mundo, la familia
de Eugenia tenía dinero suficiente para hacer el mejor evento de cada año. Oma
era nueva en el jardín de niños, solo hacía un par de meses desde su primer día
en aquella escuela. Nunca recibió una invitación a los cumpleaños de sus
antiguos compañeros, y hubo momentos incómodos en los que su mamá, sin
quererlo, escuchaba a las demás madres conversando sobre las fiestas que se
venían en el mes. Desviaba la mirada cuando el grupo de señoras notaba su
presencia, y fingía no enterarse de nada para no pasar un momento irritante,
sabía que no invitarían a su pequeña como no lo habían hecho en años. Más que
alegría, los nervios se apoderaron de ella el día en que Oma, sacó de su
mochila un cartón delgado decorado con impresiones de flores que decía por la
parte del frente, “Te invito a mi
cumpleaños”. Nunca habían acudido a una fiesta, ni la pequeña, ni la madre
lo había hecho en mucho tiempo. Oma se quedó mirando fijamente la invitación
preguntándose para sus adentros cual era el significado de aquel papel.
—Vamos a ir a una fiesta Oma — le dijo mamá—. Tenemos
que comprar el regalo y mandarte a hacer un hermoso vestido. ¿Qué podremos
regalarle a esa niña que no tenga ya? Cualquier cosa le parecerá poco.
—¡Fiesta! —exclamó Oma, al mismo tiempo que su madre
parecía enloquecer hablando y hablando de todo lo que implicaba acudir a la
invitación.
Uno de los arlequines se plantó a un lado de Oma,
ofreciéndole un globo en forma de jirafa con la cabeza hecha de caramelo rojo.
Sin pensarlo, lo tomó manteniendo el mismo semblante desde que bajó las
escaleras. Sus manos se apretaron hasta que las uñas rasgaron el globo
provocando una explosión de aire que retumbó en los oídos de todos los niños.
Al fondo del jardín y de inmediato, tres niñas de cabellos peinados a la
perfección y con vestidos impecables sobre los que se reflejaba la ausencia de
diversión, advirtieron la presencia de la pequeña Oma.
—Ya llegó esa destructora — dijo la de la falda de
puntos blancos, quien parecía ser la líder.
Oma se encontró con la amenazadora mirada del trío,
aunque a diferencia de estas, una enorme sonrisa la acompañaba mientras que intentaba
abordarlas apresuradamente. Los rostros le eran familiares y aunque no la
consideraban su amiga ni en aquel día, ni en todos los pasados días de escuela,
la inocencia de Oma no conocía el rencor, el odio y mucho menos a un enemigo.
Su paso era algo torpe, movía los puños adelante y atrás, intercalándolos como
lo hacen los corredores. Las piernas brincaban una tras otra a la máxima
velocidad posible, haciendo que el tronco, desequilibrado, se meneara para
todos lados. Bajó la velocidad unos pasos antes. Luego de que se tronara el
globo, la cabeza de caramelo quedó en una de sus manos, cosa que ofreció
compartir con las tres mediante un gesto en el que estiró la mano, al tiempo
que levantó ligeramente las cejas inclinando la cabeza hacia el dulce. La de
menor estatura, hizo un gesto de asco, giró todo el cuerpo precipitadamente
haciendo volar su cabello rubio, e inició la carrera que seguirían las otras
dos con tal de alejarse, dejando a Oma con la manita sostenida por el aire.
Antes de poder entender lo que sucedía ante sus ojos, un grupo de niños
descuidados, empujaron a la pequeña por la espalda con su brusco andar. El
caramelo se rompió en tantos pedazos como el cristal, y Oma quedó tendida en el
suelo durante un momento que, para algunos, hubiera transcurrido demasiado
lento.
No hubo nadie que la ayudara a levantarse. Con el
tiempo, se incorporó hasta quedar encogida muy cerca del suelo. Con las manos
tomaba los trozos más grandes de caramelo, para luego meterlos a su boca. No se
podría saber si el alma de Oma estaba triste, lo seguro era, que se preguntaba por
qué los otros niños no querían jugar con ella. «No les gustan los dulces.»
Pensó Oma. Comía uno tras otro y parecía disfrutarlos a pesar de estar hechos
añicos.
Pasó el rato y Oma seguía trepando los juegos sin
detenerse, sola. De ves en cuando, invitaba a otro niño que se cruzaba en su
camino, mediante señas y sonidos que no eran palabras. Intentaba, con muchos
trabajos, expresar aquello que quería que el otro hiciera junto con ella. Ponía
el gesto serio y hasta los miraba a los ojos. A pesar del esfuerzo, los otros
niños no manifestaban palabra alguna. Se quedaba quieta, de pie, con el bracito
extendido señalando, mientras los otros se alejaban hacia el lado en el que no
tuvieran que acercarse más.
Después de comerse la mitad de una hamburguesa con más
cátsup que carne, Oma seguía trepando todo lo que podía, y no existía nada que
hiciera que la sonrisa se desvaneciera de su rostro. Llevaba en el brazo una
muñeca que su madre le traía guardada en la mochila de juguetes de
emergencia. No la soltaba e iban juntas
por doquier, como fieles compañeras de juego. Si la observabas un momento,
podías notar que algunas veces, le platicaba al oído. Sus poses y muecas eran
las de alguien que escuchaba con atención cuando fingía que el juguete
contestaba. El juego era más lento pues además de tener que mover y equilibrar
su cuerpo, ayudaba a su inerte amiga a hacer lo mismo. Se sentaron al borde de
un machuelo que contenía la tierra de una jardinera a un costado del lugar,
cuando todos los niños señalaron al cielo. Oma levantó la mirada en la dirección
que marcaban decenas de dedos, dándose cuenta de que no eran las nubes lo que
todos veían, sino al niño que había logrado trepar más alto las ramas de los
árboles. Su corazón se agitó, quizás entendía el peligro en el que se
encontraba aquel niño, un par de años mayor. Colgado de un tronco grueso,
tomado con ambas manos, se balanceaba para intentar pegar un salto hasta una
pequeña rama más baja. Todos los niños, incluyendo a Oma, esperaban con
atención.
—¡Mamá, mamá! Ese niño se subió al árbol. — gritó una
de las tres niñas en tono de alarma. — Se va a caer, tenemos que decirles a
nuestras mamás.
—¡Shhh! No diremos nada. — respondió la de la falda de
puntos blancos, al tiempo que se detuvo de espaldas a Oma, bloqueándole la
vista casi por completo. — Si se cae, yo lo cuidaré como lo hacía mamá el día
que mi papi chocó en la moto. Así podría....
—¡Uuuuy! Te gusta, te gusta, te gusta. — interrumpió
la otra entonando una melodía juguetona.
—¡Deja de decirlo! No me gusta, pero… está bonito y es
el más valiente de todos, así que podría guardar mi corazón. Es lo que dice
siempre mamá.
Oma tronó la lengua contra los labios, interrumpiendo
el cuchicheo de las niñas y, señalando el árbol de donde colgaba el niño, como
gesto de protesta contra las que no dejaban ver lo que pasaría. Cogió la muñeca
y se arrastró un trecho a la izquierda.
—¡Iuuuc! Está echando baba, ¡Qué asco! — advirtió la
de menor estatura.
—Niña, por eso nadie quiere jugar contigo, eso no hace
la gente normal. ¡Hazte para atrás y déjanos en paz! — reclamó la líder. — Y
hazme el favor de meter la lengua, da asco tener que verla todo el tiempo. ¡Vámonos
a otra parte!
—Esperen — exclamó la otra niña, que como no hablaba
mucho, parecía ser la más seria de las tres. — Vamos a quitarle esa tonta
muñeca, a ver si así, deja de comportarse como una bebé. Yo ya no juego con
juguetes, mi mami dice que ya estoy grande para eso, así que me regaló un
smartphone desde mi cumpleaños pasado.
Las otras dos avanzaron hacia Oma, detrás de los
cabellos chinos que se desbordaban del listón que los sujetaba de quien había
ideado el siniestro plan. Oma las observaba sin mover un músculo más que los de
sus deditos apretando la suave manita de la muñeca. Mientras dos la sostenían
por el brazo, la otra tiraba con fuerzas intentando arrebatarle el juguete en
un forcejeo que no duró mucho. Entre quejas y chillidos, Oma repetía «No, no,
no.» sin detenerse aun luego de que su querida amiga le fuera arrebatada de las
manos, gritaba con más fuerza mientras se alejaban. Se levantó para ir tras de
ellas, al tiempo en que reían y celebraban. Detuvieron al pie de un árbol,
mirándola directamente y sin pestañear, para no perder ni por un segundo el
gesto de tristeza y sufrimiento dibujado en el rostro quejoso de Oma. Esperaron
hasta el último momento, con la muñeca extendida dejándola creer que al llegar,
podría simplemente recuperarla. Corría lo más rápido que podía y, justo a unos
pasos, la sacaron de su alcance arrojándola con fuerza hasta lo más alto que
pudieron. La muñeca quedó atrapada entre las ramas. Oma acompañó con la mirada
todo el vuelo de su compañera, y no se volvió hacia ningún otro lado durante un
rato. Se tiró de sentón en el suelo sin despegarle la vista, mientras las risas
y burlas le inundaban los tímpanos. Una lágrima larga se deslizaba por su piel,
estirando los sentimientos que le dolían por dentro.
Desde el otro lado y en lo alto, el niño que trepaba
árboles lo vio todo. Bajó apuradamente y corriendo llegó hasta donde Oma
contemplaba las ramas del árbol sujetando como cadenas las costuras de la
muñeca.
—Ya no llores Oma. — le susurró agachado hasta llegar
muy cerca de su oído. — Yo la bajaré por
ti, no te preocupes.
— Ella. ¡Allá! — dijo Oma con voz ronca.
Rozó sus cabellos con la palma de la mano entregándole
una sonrisa sincera, para luego ir a trepar el árbol que era un tanto más alto
que del que colgaba momentos antes. Tocándose la pierna derecha, suspiró e hizo
un gesto lleno de fuerza antes de dar el primer salto.
—Por tu culpa, ahora ayudará a la retrasada esa. —
reclamó la de la falda de puntos a quien lanzó la muñeca. — No podrá bajarla de
cualquier forma, pero si lo hace, yo misma se la quitaré y la deshilacharé
hasta que quede un montón de nada.
—No amiga, no podrá hacerlo, el árbol está muy alto y
las ramas son muy delgadas. No llegará tan alto esta vez.
— Más les vale. — contestó la líder cruzándose de
brazos y mirando con atención sin poder creerlo.
El niño comenzó a trepar cada rama con destreza, antes
de cada salto, estudiaba con cuidado el estado del palo que lo sostendría.
Estaba a la mitad del camino cuando las ramas se mecieron para todos lados. El
aire soplaba fuerte a cada rato. Siguió subiendo hasta estar muy cerca de la
muñeca cuando Oma, lanzó un grito de alegría. La última rama era muy delgada
para sostener el peso del niño, de manera que estiró el cuerpo tanto como pudo
para alcanzarla. Luego de llegar hasta el borde de la vara a la que se aferraba
con una mano, logró alcanzar una pierna de la muñeca con la otra y, la apretó
contra su pecho. Volvió la mirada a donde Oma lo contemplaba con ojos llenos de
admiración, casi con los mismos con los que veía a su padre, cuando una de las
ramas se rompió sin darle oportunidad de equilibrarse. Cayó atropelladamente,
golpeándose contra todo lo que había a su paso hasta detenerse contra el suelo.
Todo se quedó quieto a lo largo de unos segundos en
los que pareció detenerse el tiempo, y los niños, con los cuerpos helados de la
impresionante caída, esperaron sin reacción. Nada es lo que parece, cuando los
pequeños juegan, ocurren caídas todo el tiempo retomando la normalidad en un
pestañeo luego de un par de lágrimas, resultado del sentimiento y no del dolor.
Esa vez, el golpe que se llevó el niño después de atravesar las ramas en su
vuelo hasta el suelo, no fue lo más grave, impresionante y fuera de lo común
que sucedió, lo fue la pierna que en el aire se separó del cuerpo para caer a
unos metros de distancia del aporreado trepador, que se lamentaba de dolor
tocándose la cabeza con la mano que le quedaba libre. Oma avanzaba en dirección
del accidente, mientras todos los demás permanecían en los lugares que ocupaban
desde el aullido que inundó el lugar, advirtiendo repentinamente lo ocurrido. Una
sensación de vacío activó los sentidos del niño mientras se revolcaba buscando
una mejor posición, palpándose el cuerpo hasta llegar al muñón que se escondía
debajo de la mezclilla rasgada por algunas ramitas filosas. El rostro se le tornó
pálido cuando descubrió que la prótesis que lo había acompañado desde años atrás,
estaba arrojada en el suelo, tan lejos y sin vida, a pesar de que siempre fue
un objeto artificial. Intentaba de manera simultánea, palpar el vacío que dejó.
Se llamaba Pedro, igual que su abuelo. Un día, cuando
era aun más pequeño, perdió a su adorada hermanita junto con su pierna
izquierda en un terrible accidente doméstico del que apenas tiene recuerdos
turbios. Desde esa edad comenzaron también las burlas, mofas, el desprecio y
cualquier cantidad de apodos referenciando la gastada prótesis que le sostenía
con trabajos, por poco era una pata de palo que crujía en cada paso. El
incidente dejó a su familia con pocos recursos para afrontar todo lo que se
vino en aquel entonces, afortunadamente un donador anónimo, sin que nadie le
viera, dejó la pieza en la habitación del hospital poco antes de que lo dieran
de alta. Con el tiempo, lograron adquirir una prótesis de reciente generación
por un buen precio. Era ligera y le permitía hacer casi cualquier movimiento.
Al principio le costó trabajo, pero con entrenamiento volvió a correr, saltar y
por supuesto a trepar árboles. Lo único que quedó marcado de la antigua pata de
palo, fue ese horrible apodo, «El Cojo». En la nueva escuela pasó desapercibido
pues, sin tener que usar uniforme, todos los días vestía unos jeans que
guardaban su secreto. Conoció a Oma desde el primer día, cuando cruzó el patio
por un lado de donde jugaba sola con la tierra. No se podría decir que cruzaron
miradas, no obstante, Pedro reconoció desde lejos esa soledad enmarcada por un
aura gris, que se comía la saturación del brillo de su color. Nadie supo verla con
los ojos correctos y descubrir que Oma era azul, excepto por aquel niño que provenía
de eternos recreos en tinieblas como los que abrazaban diariamente a la
pequeña.
Oma se detuvo a la mitad del camino cuando a su
derecha distinguió, bajo una espesa rama, el cabello de estambre que cubría la
cabeza de su muñeca. Se trazó imaginariamente una bifurcación, un camino de
regreso al particular aroma despedido por el tejido que formaba la suave piel
del juguete, que yacía bajo los tallos afilados que parecían formar una jaula,
y otro hasta la pierna metálica de su protector, bañada por los intensos rayos
del sol que se colaban entre el follaje. La del vestido de puntos blancos
avanzaba precipitadamente a donde la muñeca, dispuesta a reclamarla y
arrastrarla hasta un final atroz. Oma dio un par de pasos enérgicos en la misma
dirección, en un intento por llegar primero. Una idea en su cabeza le ordenó
detenerse de pronto, volviendo la mirada al cuerpo tendido de Pedro mientras
observaba de reojo a su adversario acercándose cada vez más. Llena de
convicción, echó a andar en un traqueteo apresurado hasta alcanzar la prótesis
para luego aproximarse al valiente trepador de árboles. Con el dedo índice
intentaba señalar la pierna a donde pertenecía la pieza que sostenía con la
otra mano, agitándola enérgicamente para acentuar la urgencia de colocarla de
inmediato en su lugar. Pedro se incorporó como pudo apoyándose en ambas manos,
quedando sentado con la rodilla flexionada, para tomar la pierna postiza y,
luego de levantar el pantalón dejando ver la vieja cicatriz de su extremidad,
la enganchó y ajustó levantándose de un salto. Esa vez, cruzaron miradas en un
momento eterno reflejando sus almas grabadas con un sello que los hacía
diferentes. Oma se lanzó al cuerpo de Pedro con un abrazo del que no podría
desatarse jamás.
Por encima de la cabeza de Oma, el niño advirtió que
la muñeca seguía en peligro. Se liberó del apretón con trabajos para emprender
una marcha acelerada hasta alcanzar la pierna de tela, y con un movimiento
audaz, consiguió arrancar el juguete de las manos de su captora.
Hubo gritos y lloriqueos, quizás hasta alguna
majadería blanca que salió de la boca de las tres en un intento inútil y
desesperado por lastimar, por no sentirse iguales o incluso peor, por no
sentirse inferiores. Algunas de las madres ya estaban mezcladas con los
infantes, intentando averiguar lo ocurrido, entre ellas estaba la mamá de la de
vestido de puntos blancos, tratando de suavizar los feroces gritos de su hija,
con un semblante fúrico y preparada para luchar, asumiendo que alguien le había
ofendido o lastimado. Era imposible hacer daño a aquel niño o incluso a la
pequeña Oma, sus corazones forjados durante tanto tiempo de recibir palabras de
fuego, podían soportar cualquier cosa. Pedro, apoyándose en su pierna buena (la
prótesis) se giró por completo para regalarles una hermosa sonrisa. La madre
dejo atrás a su niña que continuaba lloriqueando, para ir detrás del que creía
causante de tal alboroto.
Pedro sacudió cuidadosamente el rostro empolvado de la
muñeca y quitó un par de ramitas enredadas en sus cabellos. La sujetó como a un
bebé y la ofreció a Oma, quien la tomó con toda la felicidad que la
caracterizaba. Abrazándola, dejó ver un semblante amable frente a Pedro,
trazando una sonrisa más allá de lo humano.
La madre, aun dispuesta en reprender al niño trepador
de árboles, andaba a pasos colosos a pesar de sus tacones de tapas afiladas que
remarcaban un par de piernas, a simple vista, muy costosas. Poco antes de
llegar a interrumpir la tierna escena, la madre anfitriona bloqueó el paso con
su silueta completamente erguida. No fue necesario ningún intercambio de
palabras, la simple presencia de aquella mujer, impidió la brutal reprimenda
que se venía a continuación. Como un cachorro regañado, aflojó sus facciones, y
la vergüenza ante alguien que probablemente creía superior, se desbordaba por
los cabellos entintados de dorado. La mamá de Eugenia miró por encima del
hombro la feliz imagen de una pequeña a la que un juguete le provocaba una
explosión de júbilo, brillando con todo su cuerpo, como invitando a la mujer
que tenía de frente a contemplarla con el corazón calmo. Lo que es difícil
decir, es si dentro de ese cuerpo adulterado, existía algo que palpitara de
amor.
Había mucha gente alrededor, algunos pequeños, algunos
grandes. Oma sonreía con las pupilas enfiladas hacia los ojos de Pedro, los
cachetes se le estiraban apretando sus rasgos hasta hundirse en un solo gesto
de satisfacción. Dejó la muñeca en el suelo para liberar sus dedos y poder
tomar la mano que se extendía frente a ella, la de su amigo que la llevaría a
jugar. Algunos no lo notaron, otros se dieron por vencidos y siguieron con lo
suyo, quizás unos pocos al final, a lo lejos y de espaldas al voltear, si la
ves, Oma es azul.
Fin.
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